11.9.09

Día del maestro

Día del maestro
A mi área le tocó organizar el acto del día del maestro y a mi, escribir el discurso. Que es este.


Domingo Faustino Sarmiento fue uno de los que más se preocupó durante el siglo XIX por la educación pública. El 11 de setiembre se celebra el día del maestro en su homenaje, pues ese día se recuerda también su muerte.
Pero no les querías hablar precisamente de Sarmiento, sino de otro maestro. De uno que, antes de ser maestro, era albañil. Que su novia, quien luego sería su esposa y ya era maestra, lo alentó para que estudiara magisterio. Estudió y se recibió de grande. Era maestro, en una escuela media, como esta: una escuela sin lujos, pero como muchas ganas. Enseñaba física y química.
Un abril, hace dos años, este maestro estaba con otros colegas reclamando por su dignidad salarial. El gobierno de su provincia, la provincia de Neuquén, ordenó a la policía desalojar la ruta que, a modo de reclamo, cortaban los maestros. Los policías fueron a cumplir sus ordenes. Los maestros que allí estaban eran en su mayoría mujeres. “No tiren”, decían las mujeres “somos las maestras de sus hijos”. Los policías tiraron igual. El maestro, que antes era albañil, que estudió de grande, y que daba clases en una escuela media, como esta. Ese maestro, estaba en el asiento trasero de un Fiat 147. Un cabo de la policía le disparó una granada de gas a la nuca. La sangre derramada del maestro tiñó el asfalto. El maestro se llamaba Carlos Fuentealba, y quien lo mató era un cabo de la policía de nombre José Darío Poblete. Tal vez no había mucha diferencia social entre ellos. Tal vez Poblete o sus hijos, o hermanos o sobrinos, fueron a una escuela como en la que enseñaba Fuentealba. Pero, sí Poblete disparó a la nuca de un maestro, es que algo falló. Todos los maestros de Poblete fallaron porque él, entre la vida de un maestro y una orden, eligió la orden. Entonces digo que la educación falló.
Porque, y ahora volviendo a Sarmiento. Porque, decía que incluso un personaje como Sarmiento, con sus contradicciones y las polémicas que despierta su figura, incluso con sus afirmaciones que hoy nos parecen desmedidas, incluso él sabía que si fallaba la educación, fallaba todo. Tal vez por ello, hacia el final de sus días, Sarmiento se arrepintió y se excusó de muchos de sus escritos y dichos. Tal vez en eso radica su grandeza. En darse cuenta que antes que nada, lo importante es la educación del pueblo, y luego, pasadas las convulsiones del momento, saber pedir perdón si hiciera falta.
La confianza de Fuentealba en la educación lo llevó a estudiar de grande. A recibirse y al estar junto a sus compañeros defendiendo la educación pública. Poblete apretó el gatillo y mató a un maestro. Pero también es una víctima. Por la sociedad lo convenció que no debía confiar en la educación. La sociedad es culpable, todos somos culpables si frente a la decisión entre una orden y la vida de un maestro, alguien puede decirse por la orden.
Fortalezcamos la educación pública, como quería Sarmiento, para que no surjan más Pobletes, y si muchos Fuentealbas. Feliz día a los compañeros docentes. Y tengamos siempre presentes que “Las tizas no se manchan de sangre”.

28.1.09

Historia, filosofía y vida cotidiana (2da parte)


En este marco, la historiografía busca en esos fragmentos de realidad que constituyen su objeto de estudio aquello que la acerque más al "hombre común" como forma de acercarse a la una “verdad en última instancia”. Será entonces, en los trabajos de los historiadores sociales en donde se verifique principalmente estas inquietudes. Así, si bien muchos de sus adeptos hunden sus raíces en la tradición marxista (o al menos conservan la idea de conflicto social), ya no se interesan tanto por las "condiciones materiales" en sí sino por las formas en que los hombres y mujeres experimentan esas condiciones, la praxis de los sujetos dentro de estructuras globales. Es decir, de la objetivación del proceso, a la subjetivación de los cuerpos en él, y ello a su vez en el marco de un contexto histórico en donde se experimenta una descentralización del sujeto transformador.

Al respecto, dice Iggers: "Los historiadores intentan librarse de una visión 'etnocéntrica', la cual identifica el progreso occidental con la verdadera historia, pero no tienen en cuenta las grandes pérdidas en valores humanos que acompañaron a ese progreso. Se recalca que las culturas no tienen una historia unitaria. La historia no arranca de un centro ni se mueve de forma unilineal en una solo dirección. No sólo existe un gran número de culturas de igual valor, incluso dentro de esas culturas no existe ningún centro en torno al cual se pueda desarrollar una exposición unitaria. Por ello es posible una multiplicidad de historias, cada una de las cuales exige métodos específicos para aprehender los aspectos cualitativos de las experiencias vitales[1]."

En esta larga cita de Iggers se resumen los puntos principales que posibilitan el desarrollo de los estudios de la vida cotidiana desde la historiografía.

Veamos. La crítica a la historia tradicional fue acompañada por una crítica al concepto mismo de ciencia que subyacía en ella. El debate entre lo "cuantitativo" y lo "cualitativo" se complicaba para la historia porque, para períodos que iban más allá del siglo XIX o a la sumo, segunda mitad del XVIII, eran (son) pocas las fuentes que toman en consideración al varón y la mujer común, es decir que permita reconstruir su experiencia de vida. La salida de este atolladero provino de la posibilidad de extender sus relaciones con otras disciplinas fronterizas: principalmente con la antropología cultural e histórica. Bajo esta perspectiva, la "microhistoria", que se desarrolló principalmente en Italia, propuso un estilo de trabajo similar a aquel desarrollado por los etnólogos (y teorizado por los antropólogos). Carlo Guinzburg, Giovanni Levi y Jaques Revel son los principales animadores del método[2]. Sin embargo, antes que una teoría, Levi define a la microhistoria como una práctica. Por este motivo, el método micro no se circunscribe a la dimensión de los temas abordados. De tal afirmación se desprenden en principio, dos cuestiones: que la microhistoria posibilita, como se expresó, exceder los límites "clásicos" de la historia, y que esto no se realiza sobre la base de un corpus teórico unánime, aunque por esto mismo se puede decir en que la microhistoria ha posibilitado extender las fronteras epistemológicas sin establecer un paradigma definido o claro. Sin embargo, continuando con Levi, del corpus literario producido por aquellos investigadores que han abordado la disciplina desde lo micro, se puede desprender una serie de rasgos comunes que darían, de alguna manera, una cierta "ortodoxia" al método. Entre los principales que considera el autor se inscriben: la escala y el indicio. Lo indiciario, que vincula mucho más los estudios micro con el positivismo de lo que sus autores están dispuestos a reconocer, "obliga a seguir huellas, rastros y signos en apariencia sin importancia para descubrir la verdad[3]". El análisis en escala, es decir, salir de las macroestructuras para hacer pie en las pequeñas comunidades, recuerda el trabajo de los etnógrafos y antropólogos que extendía generalizaciones a partir de sus investigaciones pero que intentaban comprender los principios de las relaciones en la sociedad. Perder el rumbo frente a lo tremendamente acotado es lo que en definitiva trae como problema la descentralización.

La denominada historia desde abajo posee un problema similar de definición. La historia desde abajo surge principalmente en Inglaterra, identificando en un principio el "abajo" con los movimientos obreros, por lo que se vuelve, matizada, a la idea de un sujeto fundamental, partero de la historia. Sin embargo, su principal aporte radica en la sistematización de la historia oral como herramienta fontanal para conocer la experiencia de los varones y las mujeres comunes. Asimismo, y es bueno tenerlo presente para lo sucesivo en estos apuntes, a partir de esas nuevas fuentes (los relatos orales) se problematiza la “verdad” desde ese espacio de tensión, inasible, indecidible diría Laclau, entre memoria e historia.

Justamente, la antropología histórica-social, de la mano de Clifford Geertz, aunque con argumentaciones diferentes, intentará dar cuenta de ese espacio de tensión al promover la descripción densa. El objetivo de esta metodología es describir las acciones y formas simbólicas en el flujo del discurso de una comunidad dada de forma directa, es decir, a través de la observación participante.

Por último, consideramos que para el conocimiento de las experiencias vitales es insoslayable la interpretación genealógica que propone Foucault. El filósofo e historiador francés indagará en la manera en que se resuelve la tensión entre individuo y sociedad en la cultura occidental. “Mi objetivo (…) ha sido el de trazar una historia de las diferentes maneras en que, en nuestra cultura, los hombres han desarrollado un saber acerca de sí mismos: economía, biología, psiquiatría, medicina y penología. El punto principal no consiste en aceptar este saber como un valor dado, sino en analizar estas llamadas ciencias como juegos de verdad específicos, relacionados con técnicas específicas que los hombres utilizan para entenderse a sí mismos[4]”. El método genealógico por él propuesto abordará tal tarea indagando, desde una ontología histórica, tres ejes: a) la relación sujetos-verdad (por la que el individuo se constituye en sujeto de conocimiento); b) la relación del sujeto con el campo de poder (por el cual se actúa siempre sobre otro), y c) una ontología histórica en relación con una ética[5].



[1] Iggers, Georg. Op cit. p.84.

[2] La argumentación de Ginzburg de su "paradigma indiciario" ha sido recopilada por el autor en Ginzburg, Carlo. Mitos, emblemas, indicios. Barcelona. 1998. Los dos artículos más importantes a favor de la "microhistoria" se encuentra en Levi, Giovanni. "Sobre microhistoria". En Burke, Peter. Op cit. p119 y sig. Revel, Jaques. "Micro-análisis y construcción de los social". En AAVV. Anuario del IEHS. Tandil 1995. P.125 y sig.

[3] Varela, Julia y Fernando Alvarez-Uria. Genealogía y sociología. Materiales para pensar la modernidad. El Cielo por Asalto. Buenos Aires. 1997. P.27.

[4] Foucault, Michel. Tecnología del yo y otros textos afines. Paidos. Barcelona. s/f. pp. 47-48.

[5] Ver Foucault, M. El yo minimalista y otras conversaciones. La Marca. Buenos Aires. s/f. p.62.

7.1.09

Historia, filosofía y vida cotidiana

Como es relativamente largo, subo la primera parte (de tres) de una trabajo donde intento establecer las vinculaciones que permitan reflexionar sobre la historia y la vida cotidiana.



Para hacer historia

hay que volver resueltamente

la espalda al pasado: primero vivir

Lucien Febvre

Todo es político,

incluso la filosofía o las filosofías, y la única "filosofía"

es la historia en acción, es decir, la vida misma.

Antonio Gramsci


Los Annales franceses dirigidos por Marc Bloch y Lucien Febvre, constituyen un giro sustancial en el combate al historicismo clásico, representado por Leopold Von Ranke y sus sucesores de la "escuela historicista alemana". La crítica francesa se centraba en la tendencia del historicismo de promover una historia política, acontecimental, centrada en los grandes hombres, basada en documentos escritos (oficiales) y objetiva. Es claro que Annales no será la primera ni única escuela histórica que intente enfrentar al positivismo, la generalización y universalidad atribuida a Ranke, que se consideraba hasta entonces la única forma de indagar en el pretérito[1]. Pero sí será de las primeras, aun con las limitaciones del caso, de intentar extender las fronteras de la historia e incluir la dimensión de lo social y atender a lo subjetivo en la disciplina[2]. Podría decirse que la escuela de Annales, al intentar desvincularse de la "historia clásica" en procura de una "historia total" que reencuentre las subjetividades y establezca, por ello mismo, vinculaciones con otras disciplinas sociales (economía, geografía, etc.), promueve el primer "desmigajamiento" de la historia, aunque en un carácter positivo[3].

La historiografía marxista también presentaba su crítica al historicismo, aunque desde una posición más cercana de lo esperable al positivismo. Esta vinculación, entre marxismo y positivismo, a la vez contradictoria y movilizante, es analizada por Georg Iggers: "La historia del marxismo como teoría científica está caracterizada desde sus inicios por la contradicción entre la pretensión del materialismo histórico y dialéctico de ser una ciencia rigurosa en el sentido de las ciencias naturales, y la perspectiva sociocrítica que rechaza este afán de objetividad como una forma de positivismo. Ha sido una debilidad del marxismo que se haya orientado durante demasiado tiempo hacia un concepto de ciencia positivista[4]."

Sin embargo, muchos intelectuales educados en el materialismo histórico, comienzan a criticar el universalismo de la ortodoxia marxista. Durante el período de entre guerras ya se comienzan a advertir los límites del materialismo histórico y se intenta enriquecerlo trasladando el peso de la crítica al capitalismo del mero economicismo hacia las esferas de cristalización del proceso mismo; posibilitando, entre otras cosas y en lo que a nosotros nos interesa, un camino hacia el análisis de la vida cotidiana en el marco de la filosofía materialista.

Así, desde la posguerra, y con más intensidad a partir de los años '60, bajo el ala abarcativa de la "nueva historia" ha proliferado una serie casi infinita de literatura que intenta extender las fronteras de interés de la disciplina. Se desarrollan de esta manera: la historia del cuerpo, de la muerte, de las imágenes, del clima y la ecología, de la suciedad y la limpieza, del habla y el silencio; o bien la historia adquiere adjetivos o posicionamientos espaciales: se escribe una historia, desde abajo, oral, micro; e incluso adquiere sexo: historia de las mujeres, de la masculinidad. Dice Peter Burke: "El fundamento filosófico de la nueva historia es la idea de que la realidad está social o culturalmente construida" y como construcción social está sometida a las variaciones en el tiempo y el espacio[5]. De esto se desprende, por un lado, que las relaciones de interpelación mutua y constante entre historia (marco contextual) y filosofía (conjunto de ideas y saberes) que nos parecen tan obvias en realidad no son o no han sido tan asiduamente tenidas en cuenta como era de esperarse; y por otro que, a la "fragmentación" de la disciplina histórica la acompaño una serie de debates y críticas epistemológicas, metodológicas e incluso teleológicas y del status de cienticidad de la propia indagación del pretérito en busca de "la verdad" que en definitiva continúa siendo el fin último de la historia y el principio ético del historiador.

Podemos decir entonces que la crisis de la historia fue en última instancia la crisis de los dos pilares fundamentales de la disciplina: uno heredado de la Grecia antigua a partir de Heródoto: la existencia de la "verdad" como objeto aprehensible por el historiador; y el otro identificable tal como lo conocemos hoy desde el Renacimiento: el convencimiento del "avance" de la historia, es decir, del progreso de la "humanidad". No obstante esta última afirmación, no está de más la distinción que plantea Muraro Abad, ya que el "progreso" fue entendido desde dos perspectivas, una teleológica, "un curso global por el que la humanidad se encaminaba hacia determinada meta"; y otra a partir de un ethos definido ideológicamente, es decir, "una valoración simpática, un juicio positivo hacia esa meta propuesta[6]", sea esta meta el establecimiento de la sociedad comunista, para la tradición historiográfica marxista, o la procura de la libertad a través del desarrollo de la ciencia y la técnica para la utopía liberal.

I



[1] Es sumamente interesante la relectura que hace Noriel de la famosa frase rankeana "lo que realmente sucedió", contextualizándola en el debate entre Ranke y Hegel, contemporáneos en la universidad de Berlín, acerca de la posibilidad de la historia de hacerse de un objeto de estudio y reflexión. Ver: Noriel, Gérard. Sobre la crisis de la historia. Frónesis-Cátedra. Valencia. 1997. P.51 y sig.

[2] Noriel, que puede considerárselo como perteneciente a la cuarta etapa de la Escuela de Annales, analiza la actividad de Febvre y Bloch y contextualiza la actividad intelectual de ambos previa a la constitución de la Escuela de Annales. Ver Noriel, Gérard. Op. cit. P. 251 y sig.

[3] La expresión "historia en migajas" se debe a la crítica de F. Dosse sobre la explosión "descontrolada" de la disciplina. Ver Dosse, F. La historia en migajas: de Annales a la nueva historia. Cátedra. Valencia. 1989. El carácter "positivo" y "negativo" de este desmigajamiento es tratado en Noriel, Gérard. Op. cit.

[4] Iggers, Georg. La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales. Una visión panorámica y crítica del debate internacional. Idea Books. Barcelona. 1998. P. 73.

[5] Burke, Peter (Ed). Formas de hacer historia. Alianza Universidad. Madrid. 1994. P. 15.

[6] Muraro Abad, Juan Robert. "La idea de progreso como lastre en las filosofías de la historia. Walter Benjamin y Norberto Bobbio". En Barros, Carlos (Ed.). Historia a debate. Pasado y futuro. HAD. Santiago de Compostela. 1995. Tomo I. P.237.

22.11.08

Cruel en el cartel. Cambio y continuidades en la representación de la prostitución en “casas de tolerancia” y “cabarets” de la región de Bahía Blanca.



El siguiente es un fragmento (sin la correción final) del trabajo presentado al Congreso del Solar desarrollado del 18 al 21 de noviembre en la UNS






Cruel en el cartel,
la propaganda manda cruel en el cartel
y en el fetiche de un afiche de papel
se vende la ilusión
se rifa el corazón…
y apareces tú
vendiendo el último girón de juventud
—cargándome otra vez la cruz—
Cruel en el cartel te ríes, corazón
Afiches, Homero Expósito.






En la sesión extraordinaria del 9 de noviembre de 1895, el Consejo Deliberante de Bahía Blanca promulgaba, sobre la base de una propuesta de la comisión de higiene del propio poder legislativo local, el primer reglamento sobre el ejercicio de la prostitución de la región. En otras oportunidades ya se ha analizado tal ordenanza y la confluencia del fenómeno reglamentista o de institucionalización de la prostitución hacia finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo siguiente, con las formas de control social sobre la base del higienismo, la profilaxis y medicalizaicón de lo social. Todo ello, en momentos de extensión de los brazos del Estado como instancia máxima de control sobre los cuerpos, coincidentes; asimismo, con la “armonización” de las subjetividades sobre la base del liberalismo y el positivismo, en un contexto donde el país asumía un rol específico dentro del mercado mundial (ver Fernández, 2006).
En esta oportunidad no subrayaremos el carácter social de la producción y representación imágenes, pues creemos que, al menos en esta instancia no hace falta (ver Fernández, 2007a). Sí, y como punto de partida para esta presentación, queremos llamar la atención sobre hecho singular: en la ordenanza original y sus posteriores modificaciones que se realizaron entre 1901 (la primera de ellas) y 1925 (la última catalogada, aunque no se descartan que puedan existir otras), no se hacía referencia a la obligación de las Casas de Tolerancia (CT) de identificarse exteriormente mediante una farol de luz roja. Más aun, la reglamentación prohibía cualquier tipo de “distinción exterior de ningún género”. Sin embargo, una aclaración en el Art. 6 de tal hace pensar que el “farol” o un elemento similar existía, pues llama la atención la aclaración según la cual tales “distinciones exteriores” tampoco podían realizarse de noche.
La presencia del “farol” aun puede encontrarse en algunos “cabarets” de la región. Como por ejemplo el que se halló en Punta Alta (ver anexo 1 y 5). Es una casa antigua, tal vez de las primeras del trazado del casco urbano de la ciudad que ya superó los cien años. Ubicada en una esquina, sólo la parte que coincide exactamente con la ochaba está pintada: rosa, mientras los marcos de puertas y ventanas están resaltados en azul; el resto de la construcción luce casi abandonado. Una puerta de dos hojas en azul más intenso da a la esquina. Sobre ella, un farol de jardín con una lámpara roja que se enciende puntualmente a las 21hs.
La presencia del “Farol” sirve como primer elemento para establecer relaciones entre imagen y prostitución.
Para ello se seguirá la propuesta de Hans Belting (2007) de apoyar el análisis en el tripode imagen-medio-cuerpo. Esto nos permitirá, por una lado no incluirnos en las disquisiciones filosóficas que hacen referencia al carácter interno o externo de la imagen; y, por otro, evitamos concientemente la discusión sobre una ontología de la imagen fotográfica cuando hagamos referencia a ella.
Al aceptar este trípode analítico, no se considera cada uno de los elementos como estancos y/o sucesivos, sino en interrelación. La imagen, en lo que a este trabajo respecta, es considerada en su medio para hacerse historiciable, mientras que el cuerpo es tanto el que percibe, como lo que se percibe (y ello en relación tanto a la imagen como a su historicidad).
El medio, lo que permite la percepción objetiva de la imagen, podemos entenderlo, sin entrar en contradicciones, tanto como la representación de una presencia, en el lenguaje de Chartier, como con un significado o contenido, en el de Panofsky ¿Sería excesivo entenderlo desde la noción de fetiche propuesta por Marx? Es decir como aquello que reemplaza, esconde, oscurece, las relaciones de producción de lo social. Tal vez no. Pero veamos más de cerca este primer problema para aclarar qué queremos decir, porque, como bien se sabe, desde lejos no se ve. Los ediles locales, en una suerte de iconoclasia sui generis, si se permite la expresión, impedían así la re-presentación exterior del submundo sexual, antes que matar al mensajero impedían que este iniciase siquiera su camino. El farol fue la respuesta práctica, a la veda visual de las casas de tolerancia. Pero la pregunta nos pincha, incluso en sentido barthesiano ¿por qué? ¿qué se animaba, tal vez preguntaría Belting, a través de ese medio? La imagen de la luz roja del farol era vicaria de otra imagen; y la tonalidad de esta, anticipaba el carácter de aquella: el cuerpo percibía un cuerpo. Un cuerpo visible y otro vidente. Pero no cualquier cuerpo, sino uno moralmente mellado.





9.11.08

Kitsch, imágenes e historia




Por B.L.F

En el inmenso almacén de relatos independientes que fue la Bienal Regional de Arte de Bahía Blanca 2008 (BRA BB08), se quiere marcar las propuestas de dos fotógrafos: Luciana Gutiérrez y Facundo Pereyra, dos de los ocho marplatenses que participaron con sus obras en la selección final de la Bienal. Ambos optaron por presentar una serie de fotografías: Hotel Lis y Galería Sacoa, Gutiérrez y Sucesos que pueden llevar a la alegría o la desesperación, Pereyra. La cantidad de artistas marplatenses que participaron en esta edición de la BRA BB08 bien podría brindar un panorama o un análisis del campo artístico de esa ciudad pero esta no será el lugar para ello. Sí intentaremos poner en diálogo ambas obras, porque coinciden no solo en su soporte y en la especificidad geográfica de sus autores, sino que además brindan la posibilidad de realizar una reflexión sobre la relación entre arte, fotografía e historia.

La institucionalización de la historia y la invención de la técnica fotográfica son casi contemporáneas. Ranke y Niepce bien podrían haberse cruzado en algún lugar de Europa hacia mediados del siglo XIX desconociendo ambos que los trabajos de uno y otro desencadenarían un doble mecanismo de percibir al hombre1 en su relación con el tiempo y el espacio, por un lado, mientras que por otro, condenarían a que una serie de sintagmas ya no pudieran despegarse por muchos años: lo que “realmente ha sido” se constituyó —con las diferencias del caso— como el rasgo común entre fotografía e historia. Obviamente ni con Ranke comienza la historiografía, ni con Niepce la capacidad de representación, aunque si con ellos se desarrolla una tecnología que marcará a una y otra. Cabe aclarar, por otro lado, que recién bastante entrado el siglo XX, la fotografía comenzó a ser admitida dentro del corpus documental historiográfico. Y ello sin pocas controversias2.

En efecto, dentro de la construcción de la narrativa historiográfica, muchas veces la fotografía se ha utilizado de la misma manera que anteriormente las obras pictóricas: como complemento ilustrativo de un pasado que ya no está, una suerte de signo que reafirmaba de existencia. Frente a este uso decorativo de la imagen-fotografía —si bien su génesis mimética vuelve muchas veces imposible despegarse de esta práctica— proponemos una gramática de la imagen que recurra a la “metáfora” como forma de organizar la información visual y superar la simple descripción3. Asimismo, esta opción nos permite pensar la fotografía artística como expresión de la sociedad que la produce.

Si aceptamos la idea de ocio como correlato de la sociedad moderna, en el imaginario colectivo nacional, Mar del Plata se instituye como simbolización del ocio. Al mismo tiempo, la institución de “la feliz” en relación al ocio, se incluye como metáfora de la extensión de las fronteras de la clase media, de su capacidad de consumo, de la masificación y del lugar común4. En este sentido, desde sus muñequitos hechos con conchillas, a sus choclos en la arena y su estilo californiano, Mar del Plata sería el lugar de lo kitsch por excelencia dentro del territorio, tanto en su organización urbana pública como en su arquitectura privada5. En lo que respecta a los interiores habitacionales y al diseño en ellos, las imágenes de Gutiérrez y Pereyra muestran: paredes recubiertas con madera imitación ébano, el plástico imitando madera, sillones tapizados símil cuero, vidrios en las puertas interiores que no permiten pasar la luz en la Galería Sacoa; la profusión de objetos, el colorido, la repetición de imágenes de la Virgen junto a billetes de lotería, el reloj de pared que asemeja a un reloj pulsera y el romántico confort desvencijado del Hotel Lis, confirman lo kitsch.

Si aceptamos la idea de Noe según la cual la imagen no sólo se construye con líneas, superficie y color sino también con otras imágenes, podemos decir que la fotografía y las condiciones que posibilitaron la producción de lo que re-producen, se nos presentan como acontecimiento, es decir, como producto de las prácticas discursivas, de las relaciones sociales, en un sentido tanto diacrónico como sincrónico. En efecto, por un lado nos enfrentamos al encuadre de los autores: la foto-arte y su exposición en la bienal como imagen de lo kitsch; por otro, la imagen histórica que se tiene de Mar del Plata como lugar de exhibición del ascenso social (donde la kitsch encuentra campo fértil); pero también es “la otra imagen”, el “aura” benjaminiano, lo que nos permiten completar las fotografías e introducirlas en el relato histórico ya que el encuadre de ambas sirve como ventana para mirar el auge y caía de la clase media argentina o al menos su transformación. La soledad de la Galería Sacoa, sus locales vacíos; las flores marchitándose en la recepción del Hotel Lis, contienen tanto un cambio en los gustos de la clase media como una diferenciación marcada entre un sector bajo y otro alto Como dice Ballent “la sociedad argentina ya no se reconoce en las imágenes de la ampliación, sino en las de la segmentación social6”

Se dice que la fotografía corta el tiempo, lo congela: pero las imágenes de Gutiérrez y Pereyra son dinámicas, y esa dinámica está dada por su doble connotación, como fotografía y como obra de arte. Lo fugaz del momento se vuelve así, acontecimiento en el sentido histórico: líneas de flujo que van, vuelven y atraviesan un momento cristalizado pero que permiten advertir su construcción histórica. Aquí la fotografía no es tanto huella, sino metáfora extendida: alegoría. Pero al mismo tiempo, el “ha sido” —como imagen y como metáfora— plasmado en los vacíos de Gutiérrez dialogan con la existencia de la habitación de Pereyra que transforma ese “ha sido” en un “todavía”: una clase media que ya no habita en el Hotel Lis, pero existe con alegría o desesperación.



Notas
1 La centralidad genérica es adrede, pues la visivilización de la mujer en la historia y en la fotografía se realizó sólo en relación a lo masculino. Para un análisis de la relación entre mujer y fotografía desde una perspectiva histórica recomendamos: Diodiati, Lilian, “Fotografía y construcción social de la feminidad”, en Actas XIº Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Tucumán, 19 al 22 de setiembre de 2007.
2 Para una acercamiento filosófico a la fotografía, cuyas implicancias exceden ampliamente este trabajo, se recomienda: Munier, Roger, Contra la image,. Alfa. Montevideo, 1961; Dubois, Philippe, El acto fotográfico. De la representación a la recepción, Paidos comunicación, Barcelona, 1986; Barthes, Ronald, La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía, Paidos comunicación, Buenos Aires; 1998.
3 Ver. DIAZ BARRADO, M. P., 1998, “Historia del Tiempo presente y nuevos soportes para la información”, en: AAVV. Cuadernos de historia contemporánea número 20, Departamento de Historia Contemporánea. Universidad Complutense. Madrid.
4 Ver Ballent, Anahí, “Mar del Plata: croquis en la arena”, en Carlos Altamirano (ed.) La Argentina en el siglo XX, Ariel/UNQ, Buenos Aires, 1999, pp. 191 a 204.
5 Conf. Ballent, Anahí, op.cit.
6 Ibídem. p.203